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O R  y violín

La calidad de su voz y el arte para reinventarse el cuplé desdibujaron, seguramente, una de las peculiaridades de Olga Ramos: su faceta de violinista. Con calificación de sobresaliente y un flamante diploma de Primera Clase otorgado en 1941 por el Real Conservatorio de Música de Madrid, Olga inició su andadura artística como concertista de violín. Reclamada por los mejores cafés concierto de la época, recorrió España y se hizo figura imprescindible. En el Café Universal de Madrid obtuvo éxitos memorables. Por él pasaron grandes entendidos que, arrobados, se deleitaban con su maestría. El maestro Sorozábal llegó a decir: “Esta mujer debiera haberse dedicado sólo al violín”. Muchos años después, un periodista de “Il Corriere de la Sera” diría: “OLGA IL VIOLINO CHI PARLA”.

¡Ay su violín…! De él nunca se desprendió desde que, casi al final de la guerra (no merece mayúscula esta vil palabra) lo adquirió con un dinero que pocos días después no serviría. A poco de tenerlo, volvía Olga del Conservatorio con unos compañeros; uno de ellos se brindó a llevarlo. Cruzaban la calle de Sagasta, un tranvía se acercaba y, de pronto, se abre el estuche y el preciado violín cae sobre las vías. El muchacho raudo lo recoge y todos corren a la acera. El violín no sufrió daño alguno pero, desde entonces y hasta que lo usó por última vez, siempre aseguró el alargado maletín con una liga de goma negra, de aquellas con que las damas sujetaban las medias de seda.
Aquel violín rojizo “francés de escuela italiana”, como decía orgullosamente, fue su fiel compañero hasta que en 1999 (63 años después) lo guardó definitivamente.

Aún recuerdo como lo cuidaba: Una vez firmemente apoyado sobre una mesa, mi madre abría con parsimonia el estuche y retiraba la gamuza de suave tacto con la que la noche anterior lo había arropado. Sus ojos expertos recorrían la superficie, satisfecha de su tersura que no presentaba atisbo de heridas. Entonces, casi sensual, deslizaba sobre la madera, centímetro a centímetro, una muñequilla impregnada de aceite de nuez hasta dejarlo jugoso.
Ahora el violín reposa en el armario de mi dormitorio, rodeado de mantones y plumas recordando, quizás, cada amoroso abrazo de Olga Ramos.

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4 Comments

  1. Querida Olga: maravillosa historia , que ya conocia ; pero qu sigue interesandome.
    Tu madre fue, sera, y sigue siendo recordada por todas las personas que de una manera u otra fuimos sus seguidores…lastima que me perdiera aquellas magnificas veladas en LAS NOCHES DEL CUPLE. Ya sabes , por que aunque nacida en Madrid , vivo en un pueblo…

  2. Las Noches del cuplé fue un lugar único que de haber estado en París, aún seguiría abierto. Gracias Maribel por tu cariño a las Olgas

  3. En Las Noches del Cuplé, como anécdota, nunca faltaba una zarzuela cuando tocaba el violín:otra de sus facetas. Especialmente sentía predilección por el género chico, pues al menos la que más recuerdo es “La verbena de la paloma”:de los ecos del viejo cafetín salen las notas de los soleares y la habanera…

  4. Efectivamente, así anunciaba olga aquellos primeros compases de la Verbena de la Paloma:
    “Y del fondo del viejo cafetín surgen los acordes del piano preludiando la soleá”
    Luego al finalizara, con ese fino e ingenioso humor que la caracterizaba, Olga decía:
    “¡Ya hemos justificado nuestros estudios, queridos contertulios ¡Volvamos al cuplé!”

    Todo aquel mágico ambiente se fue al traste por la especulación del suelo y la indiferencia de los que lo hubieran podido evitar.


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